Cuento de Halloween

octubre 5, 2008

 

 

 

Las luces
(Cuento halloween para niños)

Esta historia me la contó una chica de unos 16 años, y no le sucedió a ella,

 sino a su madre, una española que emigró a Alemania para buscarse la vida,

 teniendo que alquilarse una casa con su joven esposo que apenas tenía

comodidades. Eso sí, tenía visitantes misteriosos.

Al principio sólo eran sonidos, rasguños en la almohada que mantenía

 abrazada mientras trataba de descansar después de tantas horas de

trabajo. Le asustó, cierto, pero mantuvo la calma y pensó que era su propio

 agotamiento el que la hacía tener alucinaciones auditivas. Los rasguños en

la cama no son tan inhabituales ¿no?. Muchos los hemos oído. Son visitantes

 que quieren comunicarnos que "están ahí también, que no estamos solos".

La joven vivió con esa extraña experiencia unos días y terminó por

acostumbrarse, pero una noche ocurrió algo terrible. Estaba tumbada en la

cama, descansando, su marido estaba afeitándose en el cuarto de baño, y

de pronto unas lucecitas de un tamaño algo mayor que el de las canicas,

blancas azuladas y brillantes, comenzaron a salir de debajo de la cama.

Subieron, ascendieron hasta ponerse encima de ella, y bailaron.

La chica las miró estupefacta, tragó saliva y respiró profundamente.

 ¿Qué era aquello? ¿De dónde salían? ¿Qué las producía?

Y entonces las luces comenzaron a bailar con movimientos más bruscos, y

 una poderosa fuerza salió de ellas. La chica notó esa fuerza en puñetazos y

 patadas invisibles que la golpeaban y estampaban contra las paredes…

Gritó, y su marido se cortó con la gillette. Cuando él iba a salir la puerta del

cuarto de baño se cerró de golpe.

La joven española emigrante sufrió una paliza que la dejó destrozada, y no

pudo hacer una denuncia, porque en qué comisaría de policía iban a

escuchar semejante historia sin echarse a reir.

No volvió a ocurrirle porque volvió a España entre lágrimas y terrores.

Durante años jamás contó la historia, y cuando lo hizo, fue para contárselo a

 su hija -mi confidente-, quien me confesó que su madre no podía hablar del

tema sin echarse a llorar y a temblar.

No es para menos. Su hija también lloró al contármelo. 

 

FIN

 

Yvonne

 

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